EL ÚLTIMO PÁJARO DE LA CAPITAL. POR, MARCO A ALMAZAN

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tecSe encuentra en las luminosas y tranquilas playas de Yucatán, pasando sus bien merecidas vacaciones, un viejo amigo mío que lleva muchos años de residir en la ciudad de México, lo cual ha motivado que padezca varios tics nerviosos y tenga el pelo ya completamente blanco. La otra noche, comentando a la luz de las estrellas -que él apenas recordaba- algunos de los aspectos más deprimentes de la vida capitalina, me informó que había muerto el último pájaro de esa monstruosa urbe que es ahora México-Tenochtitlan.

-Era el último descendiente degenerado de una bandada decente de gorriones subdesarrollados –me explicó mi amigo-, la cual vivió frente a mi casa durante los últimos años, en la copa del único árbol que quedaba en toda la zona postal. Era una bandada muy poco numerosa, compuesta solamente por cuatro pajarillos esmirriados, pues sabrás que con motivo de la campaña para reducir la familia, se hizo obligatoria entre las aves capitalinas la puesta del huevo único. Trinaban un poco al amanecer y otro poco al anochecer, pero sus cantos no denotaban vigor y menos alegría . Y es que la competencia de los radios de transistores y los aparatos de televisión e el D.F es verdaderamente feroz.

Mi amigo sacudió violentamente el brazo izquierdo, en espasmo que es consecuencia de uno de sus tics más frecuentes, aunque menos molestos.

-Los pobres gorriones –continúo. Volaban a escasa altura, como a cinco metros del límite negruzco de la de da smog que techa la ciudad. Sus vuelos eran cortos, pues se fatigaban al menor esfuerzo. Dos de ellos padecían asma, un tercero sufría nefrosis aguda, desagradable afección de los riñones que le vino por beber agua de un charco con residuos de petróleo sin refinar, el cuarto estaba hecho polvo a causa de una gastritis crónica, ya que se alimentaba exclusivamente con sobras de tacos de carnitas, que arrojaban a la calle desde una fonda cercana. Todos los gorriones estaban renegridos pr el humo de los escapes de camiones, automóviles y motocicletas. Al entrar en el nido, las dos hembras tenían que empezar por sacudirles el polvo a sus huevecillos, tarea fastidiosa, ingrata y a la postre inútil, ya que en seguida se ponían otra vez hechos un asco.

Mi amigo derramó el contenido de su vaso al sacudirse con otro tic, que le hace doblar el cuerpo hacia atrás en una serie de tremendos jalones. Cuando se repuso, prosiguió:

-Pese a todo lo que te cuento, aquellos cuatro pajarillos sobrevivieron durante dos años. No se multiplicaban, pero tampoco decrecía su número. Dos de ellos enfermaron de bronquitis perniciosa, pero siguen tirando. Hasta que las incansables autoridades de la ciudad mandaron talar el único árbol que quedaba, para hacer más expedita la circulación de rugientes vehículos y peatones neuróticos. Los pobres gorriones se pasaron meses enteros tramitando una licencia que les permitiera instalar sus nidos en la cornisa de mi casa, hasta que por fin la consiguieron gracias a las influencias de un diputado que vive al lado y que también es pájaro, pero de cuenta. Mas ya no fue lo mismo. El monóxido de carbono, las tolvaneras procedentes del antiguo lago de Texcoco y el nauseabundo humazo de un puesto de fritangas vecino, los fueron aniquilando uno tras otro.

Mi amigo me dio un puntapié en la espinilla, a consecuencia de otro incómodo tic que le hace dar patadas.

-La última pareja -continuó después de excusarse –, antes de morir había logrado procrear un polluelo sietemesino. El pobrecito ya vino tarado al mundo, pues desde antes que encargaran el huevo, y luego durante su difícil postura ya accidentada incubación, los padres se alimentaron exclusivamente de colillas de cigarro, emanaciones de gasolina “Nova” y residuos de llanta, de esos que se quedan pegados en el pavimento a causa de frenazos. El retoño era feísimo y desgarbado, pero yo le cobré cariño.

-Siempre tuviste un gran corazón -le dije, levantando las piernas para esquivar otra coz.

-Sí, nada más que ahora, a causa de la altura y de los sustos en que es pródiga la metrópoli, lo tengo como un queso gruyere ahumado. De cualquier manera, la llegué a tener un gran afecto al pajarito. Fue por ello que en afectó mucho su deceso. Lo mató el viento.

Mi amigo se enjugó una lágrima con una mano y yo me enjugué el contenido de una botella de agua mineral, que me derramó encima con la otra.

– ¿Murió de pulmonía? -pregunté.

-No. Lo que sucedió fue que durante los últimos días estuvieron soplando fuertes ventarrones en la ciudad de México, a consecuencia de un desconsiderado norte que hubo en el Golfo. Uno de éstos barrió las nubes de polvo, los gases y el smog, con el resultado de que la atmosfera del valle quedó despejada por espacio de veinte minutos. El infeliz gorrioncillo no lo pudo resistir. Con los pulmones desgarrados y los bronquios hechos trizas por el aire puro, al cual evidentemente no estaba acostumbrado, vino a morir a mi ventana, Lo tomé entre las manos, intenté reanimarlo a base de inhalaciones de gasolina de mi encendedor, lo bajé el garaje, eché a andar el motor de mi coche y lo metí dentro del mofle… Pero todo fue inútil. El aire no contaminado que respiró durante aquellos veinte minutos le fue fatal.

Mi amigo sacudió rápida y repetidamente la cabeza de un lado a otro y luego la echó hacia atrás con tal fuerza que por poco se desnuca. Este tic le sobrevive cuando lo asalta algún recuerdo penoso y sobre todo cuando se le acaba su trago.

-Lo más lamentable del caso- suspiró-, es que el gorrioncillo tenía ciertos defectos congénitos en la lengua, debidos a su raquitismo, por lo cual murió sin decir ni pío.

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